Libro de los Mediums

en

“Libro de los Médiums” (1861)
La enseñanza especial de los espíritus sobre la teoría de todos los tipos de manifestaciones, los medios de comunicación con el mundo invisible, el desarrollo de la mediumnidad, las dificultades y los escollos que se pueden encontrar en la práctica del espiritismo.

¿Hay Espíritus? (Capítulo I) (Parte I)
I. La duda concerniente a la existencia de los Espíritus tiene por causa primera la ignorancia de su verdadera naturaleza. Se les figura generalmente como seres aparte en la creación y cuya necesidad no esta demostrada. Muchos no los conocen sino por los cuentos fantásticos que han oído desde la cuna, poco más o menos como se conoce la historia por los romances , sin investigar si estos cuentos, separados los accesorios ridículos, se apoyan sobre un fondo de verdad; solo les impresiona lo absurdo; no quieren tomarse el trabajo de quitar la corteza amarga para descubrir la almendra; arrojan el todo, como hacen con la religión los que, por ver ciertos abusos, todo lo confunden en la misma reprobación. Cualquiera que sea la idea que se forme de los Espíritus, ésta creencia está necesariamente fundada sobre la creencia de un principio inteligente fuera de la materia y es incompatible con la negación absoluta de este principio. Tomamos, pues, nuestro punto de partida en la existencia, la supervivencia y la individualidad del alma, de lo que el espiritualismo es la demostración teórica y dogmática, y el Espiritismo la demostración patente. Hagamos por un instante abstracción de las manifestaciones propiamente dichas y, razonando por inducción, veamos a que consecuencias llegamos.
2. Desde el momento que se admite la existencia del alma y su individualidad después de la muerte, es menester también admitir: 1º que ella es de una naturaleza diferente del cuerpo, pues una vez separada de éste, ya no tiene sus propiedades ; 2º que goza de la conciencia de sí misma , pues se le atribuyen la alegría o el sufrimiento: de otro modo sería un ser inerte y tanto valdría para nosotros no tenerla. Admitido esto, el alma va a alguna parte; ¿ en que se convierte y adonde va? Según la creencia común, ella va al cielo o al infierno. Pero ¿adónde están el cielo y el infierno? Se decía en otro tiempo que el cielo estaba arriba, y el infierno abajo; pero, ¿qué es lo que está arriba o abajo en el universo, desde que se conoce la redondez de la Tierra, el movimiento de los astros, que hace que lo que es arriba en un momento dado venga a ser abajo en doce horas, y lo infinito del espacio, en el cual el ojo se sumerge en distancias inconmensurables? Es verdad que por lugares bajos se entiende también las profundidades de la tierra; ¡pero que han venido a ser profundidades desde que se han estudiado por la geología? ¿ qué se han hecho estas esferas concéntricas llamadas cielo de fuego, cielo de las estrellas, desde que se sabe que la tierra no es el centro de los mundos, que nuestro mismo sol no es más que uno de los millones de soles que brillan en el espacio y que cada uno de ellos es el centro de un torbellino planetario?..

¿Hay Espíritus? (Capítulo I) (Parte II)
…Las almas que pueblan el espacio son precisamente lo que se llama espíritus; los espíritus no son, pues, otra cosa que las almas de los hombres despojados de su envoltura corporal. Si los Espíritus fuesen seres aparte, su existencia sería más hipotética; pero si admitimos que hay almas, es necesario también admitir que los espíritus no son otros que las almas; si se admite que las almas están por todas partes, es necesario admitir igualmente que los Espíritus están por todas partes. No se podría pues, negar la existencia de los Espíritus sin negar la de las almas.
3.- Esto no es en verdad, sino una teoría más racional que la otra; pero ya es mucho una teoría que no contradiga ni la razón ni la ciencia; si además ella está corroborada por los hechos, tiene para sí la sensación del razonamiento y de la experiencia. Estos hechos nosotros los encontramos en el fenómeno de las manifestaciones espíritas, que son también la prueba patente de la existencia y la supervivencia del alma. Para mucha gente, su creencia no va más allá; admiten la existencia de las lamas y por consecuencia la de los Espíritus, pero niegan la posibilidad de comunicarse con ellos, por la razón, dicen, de que seres inmateriales no pueden obrar sobre la materia. Ésta duda está fundada sobre la ignorancia de la verdadera naturaleza de los Espíritus, de la cual se forma generalmente una idea muy falsa, porque se les considera sin razón como seres abstractos, vagos e indefinidos, lo que no es así.
Figurémonos desde luego el Espíritu en su unión con el cuerpo; el Espíritu es el ser principal, pues que es el ser pensador y superviviente ; el cuerpo no es, por consiguiente, más que un accesorio del espíritu, una envoltura, un vestido que deja cuando está usado. Además de ésta envoltura material, hay otra semimaterial, fluídica; en la muerte, el Espíritu se despoja de la primera, pero no de la segunda, a la que nosotros damos el nombre de periespíritu. Esta envoltura semimaterial, que afecta la forma humana, constituye para el un cuerpo fluidico, vaporoso, pero que no por ser invisible para nosotros en su estado normal deja de poseer algunas de las propiedades de la materia. El Espíritu no es, pues, un punto de abstracción, sino un ser limitado y circunscrito, al cual solo falta ser visible y palpable para parecerse a los seres humanos. ¿Por qué pues, no obraría sobre la materia? ¿ Por qué su cuerpo es fluidico? ¿Pero no es entre los fluidos más rarificados, los mismos que se miran como imponderable, la electricidad, por ejemplo, en donde el hombre encuentra sus más poderosos motoras? ¿ Es que la luz imponderable no ejerce una acción química sobre la materia ponderable?.
Nosotros no conocemos la naturaleza íntima del periespíritu, pero, si lo suponemos formado de materia eléctrica o de otra tan sutil como ésta, ¿ Porqué no tendría la misma propiedad siendo dirigida por una voluntad?…

¿Hay Espíritus? (Capítulo I) (Parte III- Ítems 4. 5 y 6)
4.- La existencia del alma y la de Dios, consecuencia la una de la otra, son la base de todo el edificio, y antes de entablar ninguna discusión espírita, importa asegurarse si el interlocutor admite esta base. Si a estas preguntas: ¿Creéis en Dios? ¿Creéis tener un alma? ¿Creéis en la supervivencia del alma después de la muerte?, responde negativamente, o si dice simplemente: Yo no sé, querría que fuese así, pero no estoy seguro de ello, lo que las más de las veces, equivale a una cortés negativa, disfrazada bajo una forma menos explícita a fin de no chocar muy bruscamente con los que se llaman prejuicios respetables, sería tan inútil ir más allá como pretender demostrar las propiedades de la luz al ciego que no las admitiese, porque, en definitiva, las manifestaciones espíritas, no son otra cosa que los efectos de las propiedades del alma; con aquel es necesario seguir otro orden de ideas si no se quiere perder el tiempo.
Si se admite la base, no a título de probabilidad sino como cosa segura, incontestable, la existencia de los Espíritus se deduce naturalmente.
5.- Resta ahora la cuestión de saber si el Espíritu puede comunicarse con el hombre, esto es, si puede haber con él, intercambio de pensamientos. ¿Y por qué no? ¿Qué es el hombre sino un Espíritu encarcelado en un cuerpo? ¿Porqué el Espíritu libre no podría comunicarse con el Espíritu que se halla cautivo, como el hombre libre con el que está encarcelado? Después de admitir la supervivencia del alma ¿es racional no admitir la supervivencia de los afectos? Puesto que las almas están por todas partes ¿no es natural el pensar que la de un ser que nos ha amado durante su vida venga cerca de nosotros que desee comunicarse y que se sirva para ello de los medios que están a su disposición? ¿durante su vida no obraba sobre la materia de su cuerpo? ¿no es él quien dirigía los movimientos? ¿por qué, pues, después de su muerte, de acuerdo con otro Espíritu ligado a un cuerpo, no tomaría este cuerpo vivo para manifestar su pensamiento, como un mudo puede servirse de uno que hable para hacerse comprender?
6.- Hagamos por un instante abstracción de los hechos que, para nosotros, hacen la cosa incontestable; admitámos los a título de simple hipótesis; pidamos que los incrédulos nos prueben, no por una simple negativa, porque su dictamen personal no puede hacer ley, sino por razones perentorias, que esto no puede ser. Nosotros nos colocaremos sobre su terreno, y puesto que quieren apreciar los hechos espiritistas con ayuda de las leyes de la materia, que tomen, por consiguiente, en éste arsenal alguna demostración matemática, física, química, mecánica y fisiológica y prueben por A más B, partiendo siempre del principio de la existencia y supervivencia del alma:…

¿Hay Espíritus? (Capítulo I) (Parte III- Ítem 6 Final)
…1º Que el ser que piensa en nosotros durante la vida no debe pensar más después de la muerte:
2º Que si piensa no debe pensar más que en los que ha amado;
3º Que si piensa en aquellos que ha amado, no debe querer ya comunicarse con ellos;
4º Que si puede estar en todas partes, no puede estar a nuestro lado;
5º Que si está a nuestro lado, no puede comunicarse con nosotros;
6º Que por su envoltura fluídica no puede obrar sobre la materia inerte;
7º Que si puede obrar sobre la materia inerte, no puede obrar sobre un ser animado;
8º Que si puede obrar sobre un ser animado, no puede dirigir su mano para hacerle escribir;
9º Que pudiendo hacerle escribir, no puede responder a sus preguntas y trasmitirle su pensamiento.

Cuando los adversarios del Espiritismo nos hayan demostrado que todo esto no puede ser, por razones tan patentes como aquellas por las cuales Galileo demostró que no es el sol el que da vueltas alrededor de la tierra, entonces podremos decir que sus dudas son fundadas; desgraciadamente, hasta este día toda su argumentación se resume en estas palabras: Yo no creo: luego, es imposible. Nos dirán, sin duda, que toca a nosotros probar la realidad de las manifestaciones; nosotros se la probamos por los hechos y el raciocinio; si no admiten ni lo uno ni lo otro, si aún niegan lo que ven, corresponde a ellos el probar que nuestro raciocinio es falso y que los hechos son imposibles.